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Mario
Garcés D. Historiador /Director de ECO, Educación
y Comunicaciones
La naturaleza
nos ha golpeado, no hay dudas, hemos vivido el mayor
terremoto de los últimos 50 años.
Todos los chilenos tenemos en nuestras vidas, la
experiencia de a lo menos un terremoto, los más
viejos, más de uno. Todos sabemos, además,
lo que hay que hacer cuando el piso se mueve: protegerse
bajo los dinteles de las puertas, mantener la calma,
proteger a los niños y los ancianos.
Si bien
todo esto forma parte de nuestros aprendizajes básicos,
siempre un terremoto es una experiencia excepcional:
el movimiento, el ruido, los objetos que caen, las
murallas y techumbres que a veces ceden, el colapso
de los servicios básicos, sobre todo, agua
y luz, todo ello configura un cuadro extraordinario,
más agudo en unos casos, por ejemplo, para
los que viven en alturas o viviendas antiguas, menos
en otros, para los que habitan viviendas bien construidas,
de uno o dos pisos.
En esta
ocasión, todos los aspectos extraordinarios
fueron vivenciados por la población con especial
agudeza. Un movimiento sobre los 8 grados en la
escala de Richter es agudo, y en algunos sentidos,
apocalíptico. Y en el caso de la zona costera
del Maule al Bio Bio, la catástrofe fue sin
dudas, la mayor, al punto que aún no la podemos
dimensionar, ni sabemos con certeza el número
de víctimas. Que al terremoto siga un maremoto
es una experiencia que supera todo lo previsible
y en el caso actual, más allá de los
errores de los sistemas estatales para alertar a
la población, que fallaron, solo el ”saber
local” de las poblaciones permitió
que el desastre no fuera mayor (se afirmó
reiteradamente que no había peligro de tsunami
mientras el mar ya había arrollado a algunas
poblaciones o lo hacía a las pocas horas
que la autoridad desestimaba tal evento. ¿Se
pudieron salvar muchas vidas, si la alerta de tsunami
hubiese funcionado bien?).
El balance
del terremoto lo hemos podido seguir por las radios
y la televisión y es evidente que se trata
de un desastre de proporciones. Solo el número
de víctimas, hasta ahora reconocido, de 799,
es impresionante y doloroso, y todo indica que esta
cifra seguirá creciendo. Pero, también
es verdad que la información fue fluyendo
lenta y paulatinamente, porque entre otros de los
efectos inmediatos del sismo, es que colapsaron
los sistemas de comunicaciones privados y públicos.
Durante varias horas, Concepción fue un “hoyo
negro”: nada se sabía, solo que las
comunicaciones estaban interrumpidas, y del maremoto,
nos tomó horas saber de que éste había
acontecido.
Este
“impasse comunicacional” pareciera dar
cuenta de la transición entre dos fases de
la catástrofe. En efecto, primero fue el
impacto del sismo, con todas sus consecuencias;
las primeras víctimas humanas, edificios
dañados estructuralmente, muchas viviendas
destruidas, cortes de rutas, puentes colapsados,
el aeropuerto cerrado, etc. Y cuando la información
de los medios pudo mejorar, se pudieron apreciar
mejor los efectos del maremoto con pueblos arrasados,
balnearios destruidos, etc. Sin embargo, pronto
la catástrofe dio paso a una segunda fase,
la de la inseguridad, los saqueos, especialmente
en Concepción, la dificultad para abastecerse
de alimentos, la lentitud en la administración
de la ayuda a los zonas más afectadas, etc.
Es lo que algunas personas de Concepción
y los medios han comenzado a llamar el “terremoto
social”.
Y al
parecer, habría que admitir que hasta ahora
el terremoto ha transitado por dos fases: una natural
y otra política y social. Estamos viviendo
en medio de ambas, y la segunda llevó a las
zonas de Concepción y el Maule, no sólo
a que se declararan zonas en “estado de catástrofe”,
sino que al toque de queda y al traslado de miles
de efectivos militares para que patrullen las calles
y administren el alterado y soliviantado orden social.
Terremoto
natural y terremoto político y social
De acuerdo
con las últimas informaciones que entrega
la TV, a muchos lugares críticos, la ayuda
recién ha comenzado a llegar el día
martes 2 de marzo, es decir, al cuarto día
del siniestro. En Concepción, que ha sido
la zona más crítica desde el punto
de vista social, donde los saqueos se iniciaron
el domingo y se hicieron, al parecer incontrolables
el día lunes, el terremoto no solo hizo colapsar
el sistema de comunicaciones, sino todo el sistema
de abastecimiento de la población, amén
que colapsaron los sistemas de agua potable y luz
eléctrica. Es decir, por una parte, con el
terremoto se alteraron condiciones básicas
de la vida cotidiana de la población, y por
otra, la ayuda ha demorado hasta tres y cuatro días
en organizarse y llegar a los grupos más
afectados.
Estamos
frente a diversos problemas del moderno Chile neoliberal:
primero, el abastecimiento de productos básicos
está en manos de grandes cadenas privadas
de supermercados y los medicamentos de grandes cadenas
de farmacias, que han provocado prácticamente
la desaparición del comercio de los barrios.
Este sistema oligopolico colapsó, en parte
por efectos directos del sismo mismo (caída
de la mercadería de la estanterías,
daños en la infraestructura de los locales,
etc.), pero además porque depende del sistema
eléctrico (cobros en cajas, acceso al sistema
de tarjetas, el denominado “sistema”,
que cayó). El resultado, los supermercados
y farmacias cerraron sus puertas. Entonces las preguntas
son: ¿dónde podía la población
abastecerse de elementos básicos? Y ¿cuánto
tiempo era razonable esperar para que se repusieran
todos los sistemas de las grandes cadenas? Las respuestas
parecen sencillas, para la primera pregunta no hay
muchas respuestas, si el abastecimiento es un gran
negocio de grandes cadenas y si estas colapsan,
no hay como acceder a los productos básicos;
para la segunda pregunta es un asunto de tiempo
relativo a cuanto dura la paciencia de la población.
En Concepción, la segunda ciudad en importancia
en Chile, la paciencia duró aproximadamente
48 horas y dio paso a la acción directa:
asaltar supermercados, abrir y descerrajar cortinas,
pero además, con un componente adicional:
llevarse de todo, no solo alimentos, sino también
TV plasma, zapatos, electrodomésticos, etc.,
frente a lo cual los medios de comunicación
rasgaron vestiduras (eso no es necesidad, sino vandalismo,
pillaje) y junto a diversas autoridades, llamaban
urgentemente a los militares. En realidad, no solo
se había agotado la paciencia frente al colapsado
sistema oligopolico de abastecimientos, sino que
en el contexto de la desigualdad social estructural
que organiza la sociedad chilena, muchos encontraron
la oportunidad de “pasar la cuenta”.
En consecuencia,
sistema oligopolico de “mercado”, lentitud
político administrativa para organizar la
ayuda y desigualdad social estructural, todo conducía
a “hacer justicia por mano propia” y
soliviantar el orden social. El desorden se comenzó
a extender por la ciudad de Concepción y
la salida fue que el poder político decretara
el “estado de catástrofe”, enviara
4 mil efectivos militares a la zona y estableciera
ya por dos días “toque de queda”
ente las 18 horas y las 12 horas del día
siguiente, es decir permitir el libre desplazamiento
de la población solo por seis horas al día.
Increíble, cuesta creerlo.
La televisión
informa al día 4 posterior al sismo, que
se recupera la calma, claro que solo con seis horas
de movimiento de los ciudadanos y con militares
que controlan la ciudad.
Quedamos
por cierto con muchas preguntas.
* La
primera y más graves es ¿cómo
se administra el sistema de alarma frente a un tsunami?
El hecho concreto es que en Chile falló y
recién comienzan a conocerse algunas explicaciones,
la más importante es que cuando la presidente
de la república llamó a los responsables
de la Armada a las 5.10 de la mañana del
sábado 27, estos respondieron de manera ambigua.
Frente a esta falla de los sistemas estatales, solo
el sentido común, y como dijimos más
arriba, el saber local, impidió más
víctimas.
* La
segunda pregunta, en medio de la mayor revolución
tecnológica de las comunicaciones, lo primero
que colapsó fue el sistema de comunicaciones.
Esta es una zona compleja, porque habrá que
concluir que no se deben desestimar viejos sistema
radiales, o poner en movimiento con mayor celeridad
formas de comunicación área.
* Tercero,
el sistema oligopolico de abastecimientos representa
un límite, aparentemente insalvable, frente
a una catástrofe. Sin el viejo comercio local
de los barrios, todo depende grandes cadenas de
farmacias y supermercados, con modernos sistema
de control de cajas, tarjetas, etc. ¿Cuánto
es el tiempo razonable de reposición de los
servicios y cuál la flexibilidad con que
deben actuar estos servicios? O sea, ¿Hay
que esperar el retorno de la luz eléctrica
como condición sine qua non para que estos
funcionen?
* Cuarto,
el Estado demostró una buena estrategia comunicacional
y una débil capacidad de reacción,
en el tiempo que se ocupó, para llegar con
la ayuda. La pregunta es aquí, ¿Cuánto
hemos avanzado realmente en “descentralización”
y cuántas capacidades comunitarias han sido
desestimadas por el poder político, que de
contar con ellas, el desastre hubiese sido menor?
Si nos
pudiéramos hacer cargo de algunos de estos
problemas, tal vez se hubiese mitigado la reacción
desesperada de los ciudadanos de Concepción,
que a las 48 horas del terremoto decidieron salir
a las calles; pero también hay que admitir
que una sociedad menos desigual seguiría
otras conductas; que una sociedad que valora sus
tradiciones comunitarias contaría con otros
recursos y capacidades frente a una emergencia.
Es decir, las soluciones no pueden reducirse a la
clásica y tan chilena apelación a
las fuerzas armadas para reestablezcan el orden,
es decir para que impongan “el peso de la
noche” (el prolongado toque de queda) como
única salida a la crisis.
Queda
pendiente todavía una tercera fase de la
catástrofe: la reconstrucción, que
tomará tiempo e implicará grandes
recursos, Y que tensará las relaciones entre
el Estado, la sociedad civil y el mercado, tensiones
que marcará el gobierno de Sebastián
Piñera, que ya la próxima semana debe
comenzar a administrar la situación de crisis?
¿Qué papel jugará el Estado
en el proceso de reconstrucción?
¿Qué
normativas nuevas se dictarán para hacer
frente a una catástrofe? ¿Se avanzará
más en serio en la descentralización?
¿Cuánto responderán las empresas
aseguradoras y las empresas inmobiliarias frente
a los daños ocurridos? ¿Se terminará
de reconocer que una sociedad civil más organizada
es el mayor capital social con que puede contar
la sociedad?
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