1.-
Los movimientos sociales en el Chile post dictadura
Tal
vez, una primera observación que es necesario hacer
con relación a los movimientos sociales (MS) en
Chile, es que luego de una etapa de grandes movilizaciones,
en los años ochenta, se sucede una etapa de desmovilización,
repliegue, y relativa invisibilización.de los MS.
La
pregunta inevitable es ¿qué posibilitó
la desmovilización de los jóvenes y mujeres
de las poblaciones chilenas, de los trabajadores, de los
estudiantes, de las clases medias, etc.?
Hay
distintas respuestas a esta pregunta: a) la primera, más
o menos evidente a estas alturas, se relaciona con la
forma que tomó el fin de la dictadura: el pacto
de transición excluyó a los movimientos
sociales de los procesos de reconstrucción democrática;
b) Una segunda respuesta, que goza de cierto prestigio
en el propio campo popular, es que en esa época,
en los ochenta, todos estábamos unidos en contra
de la dictadura, que ese principio de oposición
estructuraba a los movimientos, desaparecido ese principio
de oposición, los movimientos tendieron inevitablemente
a dispersarse; c) Una tercera respuesta, menos elaborada,
y que sugiero como hipótesis, es que la movilización
de los años ochenta enfrentó dos problemas
que no resolvió adecuadamente:
(1)
La dificultad de encontrar una estrategia adecuada para
poner fin a la dictadura a partir de la propia movilización
social; y,
2)
El conjunto de obstáculos sociales, políticos
y culturales para hacer avanzar una noción de la
política que permitiera proyectar (dar sentido,
orientar, sumar, convencer, incidir, ganar espacios, etc.)
a los movimientos sociales a partir de sus propias prácticas,
es decir, las dificultades para constituir una ”política
popular”.
Este
problema, el de la constitución de una “política
popular” nos acompaña hasta hoy, y compromete,
desde mi punto de vista, la necesidad de enfrentar un
conjunto de problemas estratégicos del movimiento
popular en Chile:
a)
el primero de ellos se relaciona con la noción
del propio sujeto de la transformación social,
que históricamente se asoció al movimiento
obrero, pero que ya en los ochenta no alcanzaba –por
diversas razones- el mismo protagonismo histórico
que en el pasado. En los ochenta, se habían constituido
una diversidad de MS, con un fuerte componente territorial.
Más que la fábrica, ahora la población
se revelaba como un escenario fundamental en la constitución
de la identidad popular.
b)
Un segundo problema, es si ese sujeto, menos homogéneo
que la “clase obrera”, puede ser protagonista
fundamental del cambio y bajo qué condiciones;
o dicho de otro modo, si ese sujeto puede constituir y
dirigir su propio destino, de si la clase popular puede
emanciparse a sí misma.
c)
Un tercer problema, que quedó instalado dramáticamente
en el colapso de la Unidad Popular, es si el actor popular,
en tanto clase popular, diversa y heterogénea,
necesita orientar el conjunto de su acción hacia
el Estado, para hacer posible desde allí el cambio
social, o si por el contrario, si la clase popular para
transitar a un “para si” necesita sobre todo
diversificar las prácticas de poder social, cultural
y local que preparen en el mediano y largo plazo, la reconfiguración
y transformación del Estado
Ni
la Unidad Popular, ni las “protestas” de los
años ochenta resolvieron estos problemas, sólo
los instalaron aguda y dramáticamente, y hasta
ahora, no generamos las capacidades sociales, políticas
y pedagógicas que nos permitan –parafraseando
a Mao- reiniciar la marcha, o, mejor todavía, parafraseando
a Lenin, retomar las luchas allí donde fueron interrumpidas.
2.- Los nuevos escenarios y condiciones para la
acción del movimiento popular en el Chile de hoy
Soy
consciente, que la noción de “movimiento
popular” ha caído en desuso en el Chile reciente.
Con todo, me resisto a renunciar a esta categoría,
porque no creo que se hayan disuelto las clases ni la
lucha de clases. Admito si, porque no hacerlo sería
un acto de ceguera o voluntarismo, que la formación
histórico social chilena se ha transformado profundamente
en las últimas décadas.
Es
evidente que necesitamos entender y procesar los cambios
vividos por la sociedad; en un sentido marxista clásico,
estamos compelidos a actualizar nuestra mirada sobre la
“anatomía de la sociedad civil actual”,
verdadero “hogar de la historia” como la denominó
Marx en la Ideología Alemana.
Si
bien, este ejercicio se hará en la Mesa siguiente
(Chile, como paradigma del neoliberalismo), se pueden
adelantar algunas cosas. Por ejemplo, la nueva clase hegemónica
chilena está constituida por el empresariado vinculado
a la agricultura y la minería, asociado al capital
financiero, el que actúa como agente fundamental
del proceso de globalización; segundo, el estado
renunció a su capacidad de producir integración
nacional –o cohesión social, como se dice
hoy- al separarse de la sociedad, y recrearse como estado
liberal, con dos brazos hacia lo popular; represión
y asistencia social; tercero, la desindustrialización
y las nuevas formas del trabajo desregularizado, modificaron
la composición de la clase obrera y el “mundo
del trabajo” fragmentándolo y reconfigurándolo
(trabajadores estables y trabajadores temporales; trabajadores
formales e informales; etc.).
En
este nuevo escenario, la clase popular no puede esperar
mucho ni del empresariado ni del Estado (ni tampoco de
la Iglesia, como en otra épocas). Sus formas de
integración sólo se pueden asegurar por
la vía del mercado, mejorando su capacidad de consumo.
En
este nuevo escenario, en consecuencia, las capacidades
de organización y de agenciamiento histórico,
más allá de los estándares que ofrezca
el mercado, dependen casi exclusivamente de las propias
capacidades de acción colectiva de los grupos populares.
Se podrán buscar apoyos y aliados fuera del campo
propio, pero éstos son débiles (por ejemplo
las ONG, o los partidos políticos).
La
pregunta entonces es dónde están hoy día
esas capacidades, o antes aún, quiénes están
usando esas capacidades da acción colectiva y de
cambio. Me parece que hoy por hoy son grupos diversos,
con alcances también diversos. El más significativo,
probablemente ha sido el movimiento mapuche, en nuevas
lógicas de acción, y también relativamente
circunscrito a la zona sur del país; los pobladores,
pero no con la capacidad de acción y movilización
de los años 80, sino que más dispersos en
colectivos, redes, asociaciones juveniles y culturales,
o en reivindicaciones específicas (los deudores
habitacionales).
Significativamente
en los últimos dos años, comienzan a levantar
cabeza, dos nuevos sectores: el de los jóvenes
secundarios y el de los trabajadores subcontratados. Sus
movilizaciones son de diversa naturaleza y alcance, pueden
tomar forma masiva aunque sin continuidad en el tiempo
(u operando con tiempos largos, los secundarios), o formas
acotadas y radicales (la huelga de los forestales en la
provincia de Arauco y la muerte el obrero Cisternas es
expresiva a este respecto).
El
principal recurso del que pueden echar mano y echan mano
los actuales movimientos es su propia experiencia de oposición
y resistencia así como su propia memoria histórica
de luchas y asociación.
La
memoria histórica en Chile se revela como un recurso
fundamental de los nuevos movimientos sociales, en el
sentido que la experiencia histórica reciente de
los últimos 30 años es el principal capital
social y simbólico de los movimientos y sus prácticas
asociativas. Los mapuches lo saben y hablan a nombre de
una historia de usurpaciones de tierras y derechos; los
trabajadores lo saben en un país de largas tradiciones
de luchas obreras; los pobladotes lo saben porque ellos
mismos construyeron los barrios pobres de las grandes
ciudades del país; los estudiantes secundarios
lo saben o lo intuyen porque perciben las diferencias
y no ignoran los rendimientos de la vieja educación
pública.
3.-
Los movimientos sociales en el MERCOSUR, pistas para la
integración
La
experiencia en el Programa MERCOSUR Social y Solidario
me indica que siendo estrictamente necesario favorecer
la relación y el intercambio con los movimientos
sociales y populares de los países vecinos, esta
no es una tarea fácil. En efecto, la actividad
de los movimientos sociales en los países vecinos
ha sido extraordinariamente movilizadora para muchos chilenos.
Nos miramos en ellos como en un espejo que quisiéramos
nos retratara mejor. Disfrutamos y nos solidarizamos con
el movimiento piquetero, sus cortes de rutas y sus asambleas;
ponemos fundadas esperanzas en el movimiento indígena
y campesino boliviano y ya quisiéramos vernos implicados
en una “constituyente”; admiramos al MST brasileño
en su capacidad no sólo para tomar tierras sino
para construir nuevas relaciones sociales en el campo.
Sin
embargo, no basta, necesitamos dar un salto cualitativo,
que va más allá de solidarizarnos con sus
luchas y desearnos éxitos en nuestras tácticas
y estrategias. Me parece que necesitamos, insisto, dar
un salto cualitativo que implique algo así como
“compartirnos” en términos de saberes
y de horizontes políticos, con el objeto de articular
plataformas de luchas compartidas. Pero, incluso más,
con el objeto de ir configurando una nueva cultura política
latinoamericana.
Esto
puede sonar a grande, incluso a grandilocuente, pero cuando
se ha vivido más de una derrota, no queda más
que sacar fuerza de flaquezas. Lo diré de otro
modo, cuando en 1989 caía el muro de Berlín
y declinaba la revolución sandinista, se cerraba
un ciclo histórico y se abría un campo de
interrogantes para las fuerzas progresistas latinoamericanas.
Pero,
la verdad completa, digámosla entre nosotros, no
sólo se cerraba un ciclo histórico –en
el sentido de un saber político (la clase obrera,
la alianza obrero campesina y el partido de vanguardia)
y los socialismos, sino que al mismo tiempo venían
germinando nuevas formas de asociación y acción
política, que se hicieron visibles en Chiapas,
en enero de 1994, y aún antes, aunque con menos
difusión y proyección, en Santiago del Entero,
en diciembre de 1993.
Lo
que quiero decir, es que en América Latina, hace
ya bastante tiempo, que han surgido nuevos actores sociales
y políticos –que hemos denominado los nuevos
movimientos sociales- que son portadores de nuevas prácticas
y nuevos saberes, y las Ciencias Sociales, como las militancias,
vamos con bastante retraso procesando estas nuevas experiencias.
Por
otra parte, estos nuevos movimientos, estos nuevos saberes
interrogan todas las formas tradicionales de la política
(superestructurales, estatales, parlamentaristas, vanguardistas,
hoy en día mediáticas) que como ha indicado
Marcos, son formas que además, hoy dan cuenta de
una profunda crisis de representación.
Pues
bien, junto con compartirnos en los saberes, requerimos
también hacerlo en el campo político, en
el sentido de las luchas que queremos compartir. En realidad,
la integración latinoamericana, desde los movimientos
sociales, no puede ser otra cosa que luchas y saberes
compartidos.
Compartir
luchas puede ser practicado y leído de diversas
formas, como un nuevo tipo de retórica, romántica,
pero inviable, que se da mucho entre nosotros. Me parece
que debiéramos ser capaces e compartir luchas bajo
algún tipo de forma política. Ya hemos avanzado
en esta línea, cuando participamos en foros latinoamericanos
o se constituyen redes, pero tal vez es el tiempo de acuerdos
programáticos o plataformas de luchas que queremos
compartir en el ámbito global y regional.