Seminario Movimientos Sociales en el MERCOSUR
Santiago, 5 y 6 de noviembre de 2007

Mesa: Balance de los movimientos sociales en el MERCOSUR. Pistas para los procesos de integración regional

Mario Garcés D.

 

1.- Los movimientos sociales en el Chile post dictadura

Tal vez, una primera observación que es necesario hacer con relación a los movimientos sociales (MS) en Chile, es que luego de una etapa de grandes movilizaciones, en los años ochenta, se sucede una etapa de desmovilización, repliegue, y relativa invisibilización.de los MS.

La pregunta inevitable es ¿qué posibilitó la desmovilización de los jóvenes y mujeres de las poblaciones chilenas, de los trabajadores, de los estudiantes, de las clases medias, etc.?

Hay distintas respuestas a esta pregunta: a) la primera, más o menos evidente a estas alturas, se relaciona con la forma que tomó el fin de la dictadura: el pacto de transición excluyó a los movimientos sociales de los procesos de reconstrucción democrática; b) Una segunda respuesta, que goza de cierto prestigio en el propio campo popular, es que en esa época, en los ochenta, todos estábamos unidos en contra de la dictadura, que ese principio de oposición estructuraba a los movimientos, desaparecido ese principio de oposición, los movimientos tendieron inevitablemente a dispersarse; c) Una tercera respuesta, menos elaborada, y que sugiero como hipótesis, es que la movilización de los años ochenta enfrentó dos problemas que no resolvió adecuadamente:

(1) La dificultad de encontrar una estrategia adecuada para poner fin a la dictadura a partir de la propia movilización social; y,

2) El conjunto de obstáculos sociales, políticos y culturales para hacer avanzar una noción de la política que permitiera proyectar (dar sentido, orientar, sumar, convencer, incidir, ganar espacios, etc.) a los movimientos sociales a partir de sus propias prácticas, es decir, las dificultades para constituir una ”política popular”.

Este problema, el de la constitución de una “política popular” nos acompaña hasta hoy, y compromete, desde mi punto de vista, la necesidad de enfrentar un conjunto de problemas estratégicos del movimiento popular en Chile:

a) el primero de ellos se relaciona con la noción del propio sujeto de la transformación social, que históricamente se asoció al movimiento obrero, pero que ya en los ochenta no alcanzaba –por diversas razones- el mismo protagonismo histórico que en el pasado. En los ochenta, se habían constituido una diversidad de MS, con un fuerte componente territorial. Más que la fábrica, ahora la población se revelaba como un escenario fundamental en la constitución de la identidad popular.

b) Un segundo problema, es si ese sujeto, menos homogéneo que la “clase obrera”, puede ser protagonista fundamental del cambio y bajo qué condiciones; o dicho de otro modo, si ese sujeto puede constituir y dirigir su propio destino, de si la clase popular puede emanciparse a sí misma.

c) Un tercer problema, que quedó instalado dramáticamente en el colapso de la Unidad Popular, es si el actor popular, en tanto clase popular, diversa y heterogénea, necesita orientar el conjunto de su acción hacia el Estado, para hacer posible desde allí el cambio social, o si por el contrario, si la clase popular para transitar a un “para si” necesita sobre todo diversificar las prácticas de poder social, cultural y local que preparen en el mediano y largo plazo, la reconfiguración y transformación del Estado

Ni la Unidad Popular, ni las “protestas” de los años ochenta resolvieron estos problemas, sólo los instalaron aguda y dramáticamente, y hasta ahora, no generamos las capacidades sociales, políticas y pedagógicas que nos permitan –parafraseando a Mao- reiniciar la marcha, o, mejor todavía, parafraseando a Lenin, retomar las luchas allí donde fueron interrumpidas.


2.- Los nuevos escenarios y condiciones para la acción del movimiento popular en el Chile de hoy

Soy consciente, que la noción de “movimiento popular” ha caído en desuso en el Chile reciente. Con todo, me resisto a renunciar a esta categoría, porque no creo que se hayan disuelto las clases ni la lucha de clases. Admito si, porque no hacerlo sería un acto de ceguera o voluntarismo, que la formación histórico social chilena se ha transformado profundamente en las últimas décadas.

Es evidente que necesitamos entender y procesar los cambios vividos por la sociedad; en un sentido marxista clásico, estamos compelidos a actualizar nuestra mirada sobre la “anatomía de la sociedad civil actual”, verdadero “hogar de la historia” como la denominó Marx en la Ideología Alemana.

Si bien, este ejercicio se hará en la Mesa siguiente (Chile, como paradigma del neoliberalismo), se pueden adelantar algunas cosas. Por ejemplo, la nueva clase hegemónica chilena está constituida por el empresariado vinculado a la agricultura y la minería, asociado al capital financiero, el que actúa como agente fundamental del proceso de globalización; segundo, el estado renunció a su capacidad de producir integración nacional –o cohesión social, como se dice hoy- al separarse de la sociedad, y recrearse como estado liberal, con dos brazos hacia lo popular; represión y asistencia social; tercero, la desindustrialización y las nuevas formas del trabajo desregularizado, modificaron la composición de la clase obrera y el “mundo del trabajo” fragmentándolo y reconfigurándolo (trabajadores estables y trabajadores temporales; trabajadores formales e informales; etc.).

En este nuevo escenario, la clase popular no puede esperar mucho ni del empresariado ni del Estado (ni tampoco de la Iglesia, como en otra épocas). Sus formas de integración sólo se pueden asegurar por la vía del mercado, mejorando su capacidad de consumo.

En este nuevo escenario, en consecuencia, las capacidades de organización y de agenciamiento histórico, más allá de los estándares que ofrezca el mercado, dependen casi exclusivamente de las propias capacidades de acción colectiva de los grupos populares. Se podrán buscar apoyos y aliados fuera del campo propio, pero éstos son débiles (por ejemplo las ONG, o los partidos políticos).

La pregunta entonces es dónde están hoy día esas capacidades, o antes aún, quiénes están usando esas capacidades da acción colectiva y de cambio. Me parece que hoy por hoy son grupos diversos, con alcances también diversos. El más significativo, probablemente ha sido el movimiento mapuche, en nuevas lógicas de acción, y también relativamente circunscrito a la zona sur del país; los pobladores, pero no con la capacidad de acción y movilización de los años 80, sino que más dispersos en colectivos, redes, asociaciones juveniles y culturales, o en reivindicaciones específicas (los deudores habitacionales).

Significativamente en los últimos dos años, comienzan a levantar cabeza, dos nuevos sectores: el de los jóvenes secundarios y el de los trabajadores subcontratados. Sus movilizaciones son de diversa naturaleza y alcance, pueden tomar forma masiva aunque sin continuidad en el tiempo (u operando con tiempos largos, los secundarios), o formas acotadas y radicales (la huelga de los forestales en la provincia de Arauco y la muerte el obrero Cisternas es expresiva a este respecto).

El principal recurso del que pueden echar mano y echan mano los actuales movimientos es su propia experiencia de oposición y resistencia así como su propia memoria histórica de luchas y asociación.

La memoria histórica en Chile se revela como un recurso fundamental de los nuevos movimientos sociales, en el sentido que la experiencia histórica reciente de los últimos 30 años es el principal capital social y simbólico de los movimientos y sus prácticas asociativas. Los mapuches lo saben y hablan a nombre de una historia de usurpaciones de tierras y derechos; los trabajadores lo saben en un país de largas tradiciones de luchas obreras; los pobladotes lo saben porque ellos mismos construyeron los barrios pobres de las grandes ciudades del país; los estudiantes secundarios lo saben o lo intuyen porque perciben las diferencias y no ignoran los rendimientos de la vieja educación pública.

3.- Los movimientos sociales en el MERCOSUR, pistas para la integración

La experiencia en el Programa MERCOSUR Social y Solidario me indica que siendo estrictamente necesario favorecer la relación y el intercambio con los movimientos sociales y populares de los países vecinos, esta no es una tarea fácil. En efecto, la actividad de los movimientos sociales en los países vecinos ha sido extraordinariamente movilizadora para muchos chilenos. Nos miramos en ellos como en un espejo que quisiéramos nos retratara mejor. Disfrutamos y nos solidarizamos con el movimiento piquetero, sus cortes de rutas y sus asambleas; ponemos fundadas esperanzas en el movimiento indígena y campesino boliviano y ya quisiéramos vernos implicados en una “constituyente”; admiramos al MST brasileño en su capacidad no sólo para tomar tierras sino para construir nuevas relaciones sociales en el campo.

Sin embargo, no basta, necesitamos dar un salto cualitativo, que va más allá de solidarizarnos con sus luchas y desearnos éxitos en nuestras tácticas y estrategias. Me parece que necesitamos, insisto, dar un salto cualitativo que implique algo así como “compartirnos” en términos de saberes y de horizontes políticos, con el objeto de articular plataformas de luchas compartidas. Pero, incluso más, con el objeto de ir configurando una nueva cultura política latinoamericana.

Esto puede sonar a grande, incluso a grandilocuente, pero cuando se ha vivido más de una derrota, no queda más que sacar fuerza de flaquezas. Lo diré de otro modo, cuando en 1989 caía el muro de Berlín y declinaba la revolución sandinista, se cerraba un ciclo histórico y se abría un campo de interrogantes para las fuerzas progresistas latinoamericanas.

Pero, la verdad completa, digámosla entre nosotros, no sólo se cerraba un ciclo histórico –en el sentido de un saber político (la clase obrera, la alianza obrero campesina y el partido de vanguardia) y los socialismos, sino que al mismo tiempo venían germinando nuevas formas de asociación y acción política, que se hicieron visibles en Chiapas, en enero de 1994, y aún antes, aunque con menos difusión y proyección, en Santiago del Entero, en diciembre de 1993.

Lo que quiero decir, es que en América Latina, hace ya bastante tiempo, que han surgido nuevos actores sociales y políticos –que hemos denominado los nuevos movimientos sociales- que son portadores de nuevas prácticas y nuevos saberes, y las Ciencias Sociales, como las militancias, vamos con bastante retraso procesando estas nuevas experiencias.

Por otra parte, estos nuevos movimientos, estos nuevos saberes interrogan todas las formas tradicionales de la política (superestructurales, estatales, parlamentaristas, vanguardistas, hoy en día mediáticas) que como ha indicado Marcos, son formas que además, hoy dan cuenta de una profunda crisis de representación.

Pues bien, junto con compartirnos en los saberes, requerimos también hacerlo en el campo político, en el sentido de las luchas que queremos compartir. En realidad, la integración latinoamericana, desde los movimientos sociales, no puede ser otra cosa que luchas y saberes compartidos.

Compartir luchas puede ser practicado y leído de diversas formas, como un nuevo tipo de retórica, romántica, pero inviable, que se da mucho entre nosotros. Me parece que debiéramos ser capaces e compartir luchas bajo algún tipo de forma política. Ya hemos avanzado en esta línea, cuando participamos en foros latinoamericanos o se constituyen redes, pero tal vez es el tiempo de acuerdos programáticos o plataformas de luchas que queremos compartir en el ámbito global y regional.